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En el momento de organizar el espacio de cultivo de interior suele surgir una pregunta bastante común: ¿cuál es el mejor equipamiento para el cultivo de marihuana? Una de las primeras cosas que nos viene a la cabeza es la iluminación ya que es algo imprescindible para garantizar el crecimiento y el buen desarrollo de nuestras queridas plantas. Aquí vamos a centrarnos en dos tipos de iluminación muy diferentes pero cuyo uso es muy habitual entre muchos cultivadores: la lámpara de sodio (HPS) y la lámpara CFL.

¿Qué es una lámpara HPS?

Una lámpara HPS (High Pressure Sodium) es una lámpara de descarga cuya luminiscencia queda garantizada por al vapor de sodio. Existen dos tipos de lámparas de sodio: las lámparas de vapor de sodio de alta presión, con las que se obtiene una luz de color amarillo-naranja, y las lámparas de vapor de sodio de baja presión, que producen una luz que tira a naranja claro.

Estas bombillas vieron la luz a principios de los años 1930, como resultado del trabajo de un físico americano llamado Arthur Compton. En 1932 la empresa holandesa Philips y la alemana Osram fabricaron los primeros modelos. Posteriormente, en 1950, se produjo un importante avance tecnológico que permitió que el tubo de descarga se mantuviese aislado mediante la técnica de vacío, lo que hizo que el sistema fuese más fiable y que se redujese su fragilidad.

En nuestro caso nos interesa únicamente la lámpara de vapor de sodio de alta presión porque es el modelo adecuado para la horticultura y para el cultivo de marihuana.

Estas lámparas fueron fabricadas en serie y se comercializaron a partir de 1970. Ya en los años 80, en muchos países, su uso se vio reducido al alumbrado de carreteras y al de algunos emplazamientos industriales, lo que puede deberse a que su color no es muy agradable para el ojo humano.

No obstante, se utilizan de forma habitual en el mundo de la horticultura desde hace muchos años, en especial en países como Holanda, situados en la parte norte de Europa donde la luminosidad es muy escasa durante todo el año. Están muy valoradas por su espectro rojo intenso, necesario en la fase de floración o fructificación.

Aunque parece que nos encontramos ante una revolución tecnológica (en especial con las lámparas LED), hoy en día las lámparas HPS son las que brindan mejores resultados en el desarrollo de nuestras plantas, en especial durante la floración. Ninguna otra lámpara ha podido ofrecer hasta ahora las mismas prestaciones en esta fase, en concreto a nivel productivo.

Normalmente están disponibles en las siguientes potencias: 250 W400 W600 W y 1000 W. Los modelos de 250 y 400 W son aptos para todo el ciclo (crecimiento y floración) en caso de que no se pueda utilizar una iluminación CFL, MH o neones fluorescentes durante la fase de crecimiento.

Los modelos de 250 W no se utilizan mucho, y los modelos que más se venden en Europa son los de 400 y 600 W. Las lámparas de 1000 W están más extendidas en Estados Unidos y en Canadá. Para optimizar su rendimiento es conveniente cambiar las bombillas HPS una vez al año o al cabo de 4 ciclos de cultivo completos.

 

¿Qué es una lámpara CFL?

Una lámpara CFL (Compact Fluorescent Light), y más concretamente una bombilla CLF, es en realidad una bombilla de bajo consumo también llamada lámpara fluorescente compacta.

Su origen es de sobra conocido, se trata simplemente de la adaptación del tubo fluorescente industrial al uso doméstico. A nivel técnico podríamos decir que es un tubo fluorescente que produce luz y cuyo tamaño ha sido miniaturizado mediante técnicas de plegado o enrollado del material.

La bombilla está provista, evidentemente, de un casquillo que asegura la transmisión de corriente eléctrica y donde también está incorporado el balastro electrónico. Cuentan con las mismas ventajas que los tubos fluorescentes longitudinales, con la diferencia de que, en la mayoría de los casos, el tubo no puede ser remplazado de forma individual.

La bombilla CFL nace del trabajo de un ingeniero americano llamado Peter Cooper Hewitt, quien inventó la lámpara de mercurio de baja presión. El problema es que ésta producía una luz azulada/verdosa que emite unos rayos UV dañinos para la piel, y por ello su uso se limitó a la industria y a los estudios fotográficos. Posteriormente fueron Hans Spanner, Friedrich Meyer y Edmund Germer quienes aportaron el avance tecnológico que hoy conocemos todos.

En 1926 depositaron la patente de una lámpara de mercurio de alta presión que consistía en colocar una capa de un material fluorescente en la cara interna de la bombilla. Esto permitía modificar el color de la luz y obtener luz blanca.

Más concretamente, en nuestro caso, son perfectas para el crecimiento de las plántulas jóvenes y para el enraizamiento de los esquejes. Tienen la ventaja de consumir poca energía y de tener un precio accesible para todos los bolsillos. Además generan poco calor, lo que supone una gran ventaja para las personas que quieren cultivar marihuana en espacios muy pequeños. Tienen una vida útil larga (23.000 horas aproximadamente) en comparación con otros modelos presentes en el mercado.

En cuanto a sus puntos débiles, el único inconveniente es que con estas lámparas se producen cosechas con rendimientos bajos. Para incrementar la producción es necesario colocar las plantas muy cerca de la bombilla, ya que la intensidad lumínica se debilita enormemente con la distancia.

Por lo tanto, cuando se utilizan este tipo de lámparas es necesario adaptar las condiciones del cultivo:

  • Hay que colocar las plantas, plántulas o esquejes a una distancia de la bombilla de unos 10 ó 12 cm como máximo.
  • Limitar bastante el riego ya que este tipo de lámpara produce poco calor y la evaporación es prácticamente nula. El nivel de higrometría debería ser más estable.
  • Las plantas que se cultiven deben ser de pequeño tamaño, en caso contrario el resultado no será el adecuado.

Existen muchos modelos disponibles en el mercado, de 25 a 300 W, incluso con modelos específicos para el crecimiento (luz tirando a blanca/azulada) y otros para la floración (tirando a roja). Los modelos más extendidos y con un interés real son los de 105 W150 W200 W250 W y 300 W.

Para obtener buenos resultados es conveniente cambiar las bombillas CFL una vez cumplidas las 18.000 horas de funcionamiento, sobrepasado ese tiempo pierden su eficacia.

 

 

 

 

Fuente DINAFEM

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