• Cannabis Activa Olavarria
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En pocos días se conocerá la respuesta de la jueza Mirta Filipuzzi al amparo de una familia de San Antonio Oeste (SAO) para cultivar y utilizar cannabis en casos que no contempla la ley. VDM Noticias habló con una familia de la comarca que cultiva y prepara el aceite y también podría beneficiarse con el fallo.

 

Laura Guanca

El uso particular de cannabis con fines medicinales se extiende a pesar de las restricciones de la ley nacional 27.350. Cada vez más personas se animan a reconocer que cultivan estas “plantas ilegales” para producir sus propios aceites.

Río Negro y la comarca Viedma-Patagones son parte de este movimiento nacional que espera con mucha expectativa la respuesta de la jueza Mirta Filipuzzi al amparo de una familia de San Antonio Oeste (SAO) que reclamó la protección del Estado para cultivar y utilizar cannabis en casos que no contempla la ley. Este fallo podría abrir la puerta a otras familias de la provincia.

VDM Noticias habló con Laura Guanca, una cultivadora radicada en Patagones que usa aceites de plantas -entre ellas cannabis- para tratar la enfermedad de su hijo y mejorar su calidad de vida.

Ignacio Aguirre-Guanca es el primero de los 5 hijos de Laura y Daniel. Tiene 19 años y nació con Trastorno del Espectro Autista (TEA), una enfermedad discapacitante que genera múltiples síntomas difíciles de tratar.

Para estos casos, la respuesta más común desde la Neurología es la medicación con fármacos muy agresivos. La pareja rechazó los químicos desde el primer momento y buscó caminos alternativos que llevaron a la Fitoterapia.

Desde que Nacho empezó a tomar cannabis, hace unos dos años atrás, la vida de la familia dio un vuelco importante.

Antes de consumir el aceite, el joven tuvo una crisis fuerte: no comía, no dormía y se autoagredía. Todas las noches trasladaba su colchón al lado de la cama de los padres porque tenía miedo.

“Él no tenía fármacos en el cuerpo así que la primera noche logró dormir con una sola gota. Me decía que se sentía raro, que el cuerpo se le aflojaba... es que no conocía su cuerpo relajado. Siempre tenía el ceño fruncido y la cara tensa, los dedos de los pies en garra, las venas siempre marcadas. La segunda noche perdió el rictus en la cara, se relajó y quiso ir a su habitación. Cuando se estaba durmiendo me pidió que lo abrace y que le cuente un cuento que le contaba de chiquito. Lo acuné y se durmió en mis brazos después de años que no lo había podido abrazar”, comentó Laura.

“Al otro día -añadió- se levantó con mucho apetito. Empezamos a darle gotitas cada 8 horas, como un remedio hasta que llegamos a encontrar el equilibrio”.

La respuesta de Nacho al aceite de cannabis fue el motor para que la pareja decidiera cultivar para producir su propio aceite.

“El cannabis no es la panacea, no quiere decir que hoy sea todo más fácil porque él tiene los problemas y los dramones de cualquier adolescente. Hay que ponerle límites pero me permitió descubrirlo. Yo era cuidadora de mi hijo, y hoy soy mamá. El aceite le dio la posibilidad de interactuar. No se lleva de diez con los hermanos pero tiene la posibilidad de interactuar. Es como cualquier adolescente pero ahora no se autoagrede y puede elegir, tiene días difíciles pero tiene esperanzas de una mejor vida”, expresó.

Hoy, después de un largo camino, de años de lucha y discusiones con profesionales estatales y privados, Nacho no tiene problemas de estreñimiento, no se le cae el pelo, disminuyeron los trastornos sensoriales y está terminando 5° año en el CEM 141 del barrio San Martín de Viedma.

Vivir con autismo y un diagnóstico de psicosis

Los problemas de Ignacio empezaron a revelarse a partir de los 2 años de vida. Laura tuvo un embarazo y un parto normales. Nacho comenzó a caminar a los 11 meses y a decir sus primeras palabras tiempo después. Parecía un chico precoz hasta que notaron cambios en su conducta.

El contacto de la mirada era más frío y esquivo. No comía, soportaba golpes fuertes sin llorar pero cuando lo bañaban gritaba como si lo estuvieran lastimando.

En ese momento -fines de la década de 1990-, Laura tenía 22 años y el autismo era una enfermedad de la que todavía no se conocía mucho en Argentina. Los pediatras minimizaban la preocupación de los padres, les planteaban que era falta de experiencia porque eran primerizos, que el nene era sobreprotegido, caprichoso y malcriado, que le faltan límites.

Pero a los pocos meses, los síntomas se aceleraron y profundizaron. Los llantos eran más difíciles de calmar, dejó de hablar y de responder a su nombre. Entró en un período de mutismo. No comía.

“Era imposible saber qué le pasaba. Se caía y no lloraba. No me miraba. Costaba mucho el contacto físico. Tuve que sacar todas las etiquetas a la ropa y comprar sólo tela de algodón. Le hice mucha ropa con las costuras para afuera porque no soportaba el roce. Lo fui observando y llegó un punto en el que la comunicación era entre él y yo, nada más. Llegó a ser tan cerrado que nadie lo entendía” recordó Laura.

A pesar de las dificultades Laura y Daniel siempre buscaron socializarlo. Fue a Jardín Maternal pero, sin acompañante, terminaba deambulando. Entre los 3 y los 4 años de Nacho se dedicaron a hacer estudios físicos y cerebrales. No había nada extraño. Y la respuesta de los profesionales siempre terminaban en medicamentos fuertes y en tratar la conducta.

“Una vez vi a un neurólogo de Bahía Blanca que viaja a Patagones. Me dijo que se trataba de esquizofrenia y que me relaje porque Nacho no iba a hablar nunca, que buscara algo para reconfortarme y tratara de seguir mi vida con mis otros hijos porque, para este hijo, yo iba a ser un mueble. Me acuerdo muy claras sus palabras. Ahorrate todo el llanto, acostumbrate, me dijo. Fue muy frío, muy cruel. Le hizo estudios y me dijo que había que medicarlo para los terrores nocturnos, para los llantos, para que coma, para que duerma. Pero nunca le dimos esa mediación”, confió a VDM Noticias.

Siguieron solos. Intentaron terapias alternativas, yoga, juegos, curanderos y curas sanadores. Hubo idas y vueltas hasta que, alrededor de los 6 años de Nacho, conocieron a Nélida Fuentes, una psicopedagoga de Viedma que discutió el diagnóstico de psicosis, planteó que había que trabajar los vínculos y determinó que era TEA.

“No la apoyaron pero seguimos con ella y Nacho respondió bien. En ese momento lo único que se hacía para estos casos era escuela conductista y Nelly no lo hacía. Era un gnomo, una de las pioneras. Toda esa etapa fue muy fuerte. Cuando todas las psicopedagogas tenían escritorio de por medio ella se tiraba en la colchoneta con Ignacio, usaba música, tambores, aromaterapia, cuencos tibetanos, lo hacía rodar. Daniel y yo participábamos, lo abrazábamos, lo tocábamos. Para los 6 años y medio Nacho recobró el habla y, contra todo pronóstico, empezó a aprender, en primer grado se alfabetizó y hoy tiene una letra preciosa y escribe bien”, expresó orgullosa.

La primaria la hicieron en la escuela Adventista de Viedma que fue la única que aceptó su permanencia “después de hacer un derrotero” por toda la comarca. Su paso por el secundario no es fácil pero está logrando terminarlo.

En todo este proceso, internet y las redes sociales les permitieron integrarse a grupos como Red de Padres TEA y Protocolos que Sanan con los que “criamos a nuestros chicos juntos” y con quienes luchan por lograr una legislación -urgente y aún pendiente- que ayude a las familias en Río Negro.

Un peuma que los llevó al cannabis

La planta llegó a la familia entre 2015 y 2016, con una crisis fuerte de la adolescencia que volvió a poner la situación al límite.

“Empezó igual que como cuando era chico pero ahora con el cuerpo de un adolescente. Entró en un cuadro de anorexia y tenía episodios de mucha auto-agresión. La auto-agresión en estos casos es muy fuerte, es golpearse la cabeza contra el piso o contra la pared. Se muerden, se golpean, se queman. Es no poder sentir el cuerpo y llevar eso al extremo. El autismo es muy discapacitante y muy doloroso de ver. Y una cosa es en un nene que lo abrazás y lo contenés y, a lo sumo, recibís algún golpe. Pero ¿cómo hacés para contener a una persona que a lo mejor es más alta que vos, que es más fuerte que vos y que en un estado de shock es adrenalina pura y no mide lo que hace?”, planteó Laura.

A pesar del paso del tiempo, la respuesta desde la neurología siguió siendo la misma: drogas pesadas para dormir, para comer, para que no se golpee, para contener la impulsividad.

“Está más que reportado que las medicinas les hacen mal. Cuando leés las contraindicaciones se te hiela la sangre. Para que baje la impulsividad y la testosterona les dan hormonas femeninas que con el tiempo les hacen crecer los pechos, les destrozan el hígado y los riñones, se les cae el pelo, se les debilitan las uñas. No controlan su cuerpo, babean”, describió.

Laura tiene orígenes ancestrales del norte y del sur de Argentina. Si bien fue educada en la religión católica, cuando creció buscó la raíz de su identidad que la ligaba a la tierra. En esa búsqueda, durante la segunda crisis de Ignacio, se acercó a las ceremonias mapuche.

“Fui a una ceremonia con mi papá y mi hermano. Fue muy fuerte. Yo le pedí con todo mi ser a las fuerzas de la tierra, del viento, que necesitaba encontrar un camino, algo para sanar a mi hijo. En estas ceremonias las lamien (las mujeres), amanecen al fuego cantando. Me duermo con el tail (el canto sagrado de las mujeres), y tengo un peuma (un sueño), en el que me veía caminando, pisando hierbas con olores que yo no identificaba, y adelante mío había una estrella distinta, rara. Les cuento y me dicen que con el paso de los días lo iba a aclarar, que me acercara a las hierbas y a las plantas que me iba a llegar la respuesta”.

Leonardo, otro de sus hijos, le dijo que la estrella era una supernova. Y buscando en internet encontró la historia de Novaleigh (conocida como Supernova), una nena de Estados Unidos, que tiene epilepsia y la tratan con cannabis.

“Hacía años había leído sobre el cannabis pero nunca había visto una planta y pensaba que la única manera era importarlo y que era imposible. Con mi cero inglés, usé el traductor de google para ponerme en contacto con esa mamá que me dice que en Argentina hay un gran movimiento de cannabis medicinal y ahí empecé a averiguar y me entero que se hacía un seminario en La Madrid, a 500 kilómetros de acá”, relató.

Así llegaron Laura, Ignacio, Daniel y Nelly a General La Madrid donde conocieron al actual doctor de Nacho, Marcelo Morante, a los Cannabicultores de Alto Valle y al grupo Mamá cultiva.

“Yo vivía en un tupper. No tenía ni idea de nada. Ahí nos enteramos que es un buen analgésico, que sirve para tratar dolor, el humor, el sueño, el apetito, la impulsividad y que mejora la memoria. Empecé a preguntar de todo. ¿Qué es lo peor que le puede pasar Nacho si toma cannabis? Y me respondían: que duerma mucho, que coma mucho, que se ría mucho...”.

El uso de cannabis no es simple y tiene contraindicaciones para personas con problemas cardíacos y/o hepáticos. Es una opción que ofrece buenas recompensas pero requiere de información, paciencia e intuición, para dar con la planta indicada y encontrar las cepas que funcionen en cada organismo. 

fuente vdmnoticias

 

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